Ahí están con muchos colores las bailarinas de la soledad. Regalan un cuerpo, o bien lo venden, pero cuando dan sin pensar en lo que quieren, lo dejan a la suerte. La poesía, maquinitas de la ciudad, por calle arriba o abajo, están siempre detrás de una esperanza.
Detrás de los ojos con excesos rosados o azules en los borden están ellas, aquellas que calman los afanes de frenéticos ríos blancos que buscan cauce, no lo encuentran, la desembocadura muere, después de unos cuantos pesos, centavos, o nimios billetes de cualquier valor sin nacionalidad.
Solitarias y solitarios se encuentran. Las buscan quienes ya no tienen afanes del corazón, y ellas con latidos siempre ajenos, respiran soledad cuando la sangre circula por venas que perdieron la pasión.
Calle sufrida, calle tristeza de tanto amar, ellas, ellos, y todas las formas con las que regalan su cuerpo, aparecen en una esquina y se pierden luego en un cuarto muy lujoso o muy precario pero siempre ausente de compañía.
Las soledades se encuentran en efímeros instantes, las horas se convierten en tarifa, luego, sólo luego desaparecen los rostros cómplices de una desventura y él se va más vacío y ella se queda con una soledad que no tiene maquillajes.
Para ellas, que por amor, placer o dinero regalan, y para ellos que compran los regalos sin sangre ni corazón un aplauso de soledad y tristeza.
Manu Chau Me llaman Calle:
sábado, 12 de abril de 2008
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